Veniss soterrada
Jeff Vandermeer
Editorial La Factoría de Ideas - Solaris Ficción, 46
Novela inédita. 2004
250 pags. Precio: 18,14 €

 

 

Es digno de elogio la política editorial de La Factoría de Ideas en su apuesta por nuevos valores de la ciencia ficción anglosajona (que hoy día, y gracias a sellos como Bibliópolis Fantástica, estamos comprobando que ya no es decir tanto como ciencia ficción mundial). Así, nombres como China Miéville, Paul McAuley, Charles Stross, Alastair Reynolds, Jack McDevitt, Robert C. Wilson, Nalo Hopkinson… pueblan nuestras estanterías de ideas revolucionarias y sorprendentes. Y a ellos se han unido recientemente una tríada de nuevos escritores: Richard Paul Russo, Neal Asher y Jeff Vandermeer, autor de quien nos ocuparemos a continuación.

 

Lo que ya no resulta tan elogioso es el particular estilo de homogeneización de volúmenes llevado a cabo por la editorial, aumentando el tipo de letra de obras breves como ésta hasta extremos increíbles, utilizando papel con doble grosor de lo habitual o estableciendo márgenes de una cuarta parte del espacio disponible. El material extra (entrevista y enlaces Internet) son de agradecer, pero estarían mejor como promoción dentro de la revista hermana: Solaris; por otra parte, la bibliografía final contiene errores ¿premio Philip K. Dick de antología? Y tampoco es explicable la eliminación del nombre del traductor en los últimos libros publicados.

 

Pero volvamos a la novela, que es lo importante. Se trata de una historia sencilla estructurada en tres partes, una para cada protagonista: Nicholas, un fracasado artista de Arte Vivo (que se puede tocar, en contraposición al Arte Muerto o generado por ordenador), acude a su amigo Shadrach para que le ayude a buscar a Quin, el más grande de los artistas genéticos; su hermana gemela Nicola, con quien mantiene un fuerte vínculo emocional, le buscará al creerle en peligro; y Shadrach, enamorado de ésta, acudirá a su vez al rescate. Como ven, todo ello conforma el típico círculo vicioso: Nicholas busca a Quin, Nicola a su hermano, Shadrach a su ex-amante; y Quin, por supuesto, manejando los hilos en la sombra.

 

El atractivo de la obra reside, además de unas breves pinceladas sobre el colapso del anterior régimen político y la desmembración de la ciudad-estado en gobiernos autónomos, en el dibujo de la ciudad soterrada de Veniss, de la que Shadrach es oriundo: un dédalo de tenebrosos túneles, arracimados en estratos a imagen y semejanza de los círculos concéntricos del infierno dantesco, donde mayor profundidad corresponde a mayor degeneración genética. En los primeros compases, el autor se queda en eso, en dibujo terrible, cruel y gore de la depravación humana, sin avanzar más allá de la enumeración del catálogo de horrores; no obstante, en el último tercio de la novela se despliega toda una galería de seres grotescos, surrealistas y sumamente atractivos, que le acercan en influencias no sólo a la evidente La Divina Comedia o el mito de Orfeo y Eurídice citadas en contraportada, sino a El Mago de Oz y la New Weird (detalle reconocido por el propio autor en la entrevista).

 

Vandermeer utiliza un lenguaje provocador, insultante incluso en boca de Nicholas (más como pose posmodernista que como recurso propio de un personaje marginal); los personajes son meros estereotipos al servicio de la acción; la civilización de suricatos y ganeshas (animales elevados a la inteligencia) aparece esbozada, desaprovechada; las imágenes son producto del más trillado cyberpunk, aunque deje caer de vez en cuando poderosas visiones macabras al estilo Clive Barrer (el banco de órganos, el horror de verse a sí mismo rechazado dentro de la mente de la persona amada); su narrativa es vulgar (repite la palabra “solo” hasta la extenuación; haga la prueba: elija una página al azar y cuente el número de apariciones, hallará al menos dos ó tres)…

 

Y, sin embargo, cuando Shadrach en su particular horno inicia su periplo de venganza, la novela mejora ostensiblemente, como si todo lo anterior no fuera más que una mera introducción a lo que iba a venir: la voz cambia de segunda a tercera persona, el ritmo mejora, la narración se eleva y por fin aparece el tan alabado New Weird: Nueva Crobuzón empieza en la antigua estación de metro donde un espeluznante ferrocarril steampunk parte rumbo a los dominios del poderoso Quin; los seres grotescos dan paso a personajes alterados dotados de un atractivo particular y llamados a sustituir al hombre al menos en esos pagos (genial el Gollux en su estoicismo); las maravillas se suceden sin fin, mostrando el mundo-laboratorio del Quin demiurgo en toda su grandeza; la originalidad hace acto de presencia, como cuando Shadrach se acompaña de una cabeza de suricato pegada a un plato, al que llama Juan Bautista y con el que mantiene irónicas y surrealistas conversaciones, o en bromas crueles como convertir a Nicholas en reflejo de su propio pasado (como rehecho), etc.

 

Pero, una vez más, el final vuelve a decepcionar por trillado y anticlimático, así que el balance se queda en una aceptable novela corta (háganme caso y obvien las dos primeras partes, absolutamente prescindibles). No da para más.

 

 Valoración: 5,5

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