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Libros publicados en 2009

El tapiz del vampiro

Suzy McKee Charnas demuestra gran inteligencia a la hora de retratar al vampiro como un ser único, una anomalía natural que, paradójicamente, ha sabido adaptarse a la perfección a un entorno cambiante. Weyland, ente preternatural y en esencia eterno, asume su soledad como signo de superioridad y convierte la idea de su subsistencia en el único objetivo de su vida. Orgulloso, frío y calculador, tan cínico y amoral como lleno de amargura, contempla a los humanos con un inmenso desprecio y un desmedido apetito, burlándose continuamente de su ignorancia. Un juego de presa y cazador que es consecuencia directa de su relación de odio-dependencia para con sus victimas humanas

El tapiz del vampiro

«El tapiz del vampiro» es un clásico moderno de la literatura vampírica. Esta edición de Alamut es la tercera que se publica en España, tras las realizadas por Alcor y Martínez Roca en la década de los 90, aunque la biblioteca de «La Tercera Fundación» advierte de una cuarta en 2010 a cargo de Círculo de Lectores. «The Vampire Tapestry» es un fix-up, o conjunto de relatos relacionados, que fue nominado al prestigioso premio Nebula en 1982 y cuyo capítulo central, "El tapiz del unicornio", fue galardonado con el citado premio el año anterior. Su autora, Suzy McKee Charnas, es una escritora que no ha gozado de excesivo predicamento en nuestro país, y es conocida fundamentalmente por su novela apocalíptica y feminista «Caminando hacia el fin del mundo» (Edaf, 1976 y Minotauro, 1997; premio retro Tiptree 1996). En esta ocasión ha tenido por suerte publicar en uno de los mejores sellos del actual panorama fantástico español, edición que, con acierto, recupera la excelente traducción que Albert Solé firmara en 1991.

 

La trama se centra en la figura del doctor Weyland, un reputado profesor de antropología de una pequeña universidad de Nueva Inglaterra que oculta al mundo su verdadero rostro. En apariencia desarrolla un estudio de laboratorio sobre el sueño, pero eso no es más que una ingeniosa estratagema para acercarse sin peligro a sus potenciales víctimas; el disfraz perfecto para un vampiro que desea pasar desapercibido. Weyland es un hombre maduro, inteligente y reservado, de aspecto distinguido y personalidad magnética, lo que le depara una enorme popularidad entre alumnos y profesores. Por su parte, Katje De Groot es la joven viuda de un profesor de sociología de la medicina, una bóer sudafricana que trabaja como ama de llaves en un club universitario y sufre un profundo desarraigo. Quizá por ello Katje comienza a fantasear con la figura del doctor y, casi sin darse cuenta, surge la sospecha de su auténtica naturaleza. Descubierto al fin, Weyland se ve obligado a revelar su condición: no un ser inmortal surgido del mito y la leyenda sino una bestia salvaje y hambrienta, dispuesta a todo cuanto esté en su mano para preservar su vida.

 

Suzy McKee Charnas demuestra gran inteligencia a la hora de retratar al vampiro como un ser único, una anomalía natural que, paradójicamente, ha sabido adaptarse a la perfección a un entorno cambiante. En consecuencia, razona con convicción los motivos de esta unicidad desde una perspectiva biológica, filosófica y hasta puramente racional, deduciendo detalles sobre sus posibles costumbres y capacidades, y revelando problemas no tan obvios derivados de su insólita condición. Weyland, ente preternatural y en esencia eterno, asume su soledad como signo de superioridad y convierte la idea de su subsistencia en el único objetivo de su vida. Orgulloso, frío y calculador, tan cínico y amoral como lleno de amargura, contempla a los humanos con un inmenso desprecio y un desmedido apetito, burlándose continuamente de su ignorancia cuando habla abiertamente sobre vampiros en tercera persona. Un juego de presa y cazador que es consecuencia directa de su relación de odio-dependencia para con sus victimas humanas.

 

La novela se construye en base a cinco partes completamente independientes, cinco capítulos en los que la voz narrativa cambia en función del diferente personaje principal que se contrapone a Weyland. Alguien que adquiere un protagonismo circunstancial en la longeva biografía del vampiro para luego desaparecer, de manera inexorable, una vez desechado por éste y sin entrar nunca en contacto con los demás. Así, Katje es sólo la primera de una larga lista de personas que se completa con Roger y su sobrino Mark, quienes intentan explotar al máximo su singularidad; la doctora Floria Landauer, una psicoanalista que le acepta como paciente que sufre un severo problema psicológico; sus nuevos compañeros de universidad en una pequeña población de Nuevo México… Es precisamente el capítulo central, el citado "El tapiz del unicornio", el que alcanza mayores cotas dramáticas y de introspección psicológica de los personajes; un pulso de personalidades que se transforma en un juego intelectual de engaños y dominación, de fatal desenlace para la terapeuta pero también para Weyland, quien comienza a tomar consciencia de sus debilidades.

 

De hecho, la escritora norteamericana perfila cada personaje con inusual excelencia. La caracterización del vampiro, las diferentes fases por las que atraviesa –de orgulloso cazador a vejada presa, de astuto maquinador a explorador de nuevas sensaciones, etcétera- denotan un ser, pese a todo, sensible y mutable, que anhela, por encima de su fría mentalidad de superviviente nato, conocerse a sí mismo (de ahí el paso de sentarse en el diván del psicoanalista) y ser aceptado en su individualidad. No es extraño descubrir que el arte, especialmente el ballet y la ópera, le conmueve de una forma tan profunda que le irrita y aterra a la vez, pues cuestiona su independencia emocional. De la misma manera, la caracterización del resto de personajes es soberbia, almas solitarias a las que Weyland desnuda de secretos y explota sus debilidades: la melancólica pero enérgica Katje; el introvertido y en el fondo bondadoso Mark, un muchacho que padece la desatención de sus padres separados; la polifacética Floria, quien atraviesa graves problemas laborales y sentimentales tras su ruptura matrimonial, y acaba obsesionándose con su paciente, etc.

 

Esta novela posee un extraño atractivo intelectual más que emocional. Cuenta con escasas escenas pero muy bien ejecutadas, con ritmo y tensión, creando el clima adecuado a cada momento siguiendo una planificación casi teatral. Y, en cada capítulo, es admirable cómo la autora siembra la duda racional en el personaje (y en el mismo lector) acerca de la condición real de Weyland. Sí, es cierto que el inicio de la obra es algo lento, que en cada capítulo tarda en entrar en materia, que unas secciones son claramente superiores a otras y que aparecen interludios –como el musical hacia el final del libro, en el que la autora demuestra su conocimiento operístico- que poco aportan al hilo principal, pero no por ello el libro pierde un ápice de su integridad y coherencia interna. El desenlace, épico en un sentido que lo aúna con clásicos como «El increíble hombre menguante» o «Soy Leyenda», satisface las expectativas y ofrece una explicación -nuevamente lógica y racional- al mantenimiento del mito del vampiro.

 

 

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