Portal Literatura Fantástica

Libros publicados en 2010

Heredero de la alquimia

«Heredero de la alquimia» supone un apreciable cambio de estilo en la narrativa de David Mateo, un registro más adulto que su exitosa trilogía de «La Tierra del Dragón» y donde el exotismo al que estamos acostumbrados los aficionados a la fantasía no proviene tanto del sentido de la maravilla correspondiente a geografías maravillosas e inexistentes como de la recreación de una emocionante antigüedad oriental salpicada de detalles de Historia bíblica, tamizada, eso sí, por la imaginación desbordante del autor valenciano.

 

No es una obra perfecta. La novela deslumbra por su épica, su ambición, su originalidad, su argumento imaginativo y emocionante, la humanidad de sus personajes, incluso su tono solemne y lenguaje elevado durante la mayor parte de su primer tercio, aunque no tanto por los errores de documentación, los anacronismos, las concesiones al lector de género, los vocablos usados fuera de contexto, las erratas y hasta las faltas de ortografía. Un talento natural, una inventiva tan arrolladora como la de David Mateo clama a gritos por un corrector de estilo que sepa aflorar toda su potencialidad de brillante en bruto. Pero, pese a las fallas -evidentes y subsanables-, es una novela notable y altamente recomendable, de lo mejor que ha dado la literatura fantástica española el pasado año

Heredero de la alquimia

El equilibrio del mundo está a punto de romperse. Elohím creó en la antigüedad los moldes divinos de las razas que poblaron Pangea y los dispersó a su voluntad. Muchos siglos después, en el año 2620 a.C., extrañas criaturas asaltan las playas del Valle del Siddim y propagan la muerte entre los recolectores de asfalto que habitan el Mar de la Sal. La maestra sunu Neferet -una especie de médico naturalista del antiguo Egipto- y su fiel discípulo Akbeth son encomendados por la Casa de la Vida de Tebas para llevar a cabo una investigación que les conducirá desde las fastuosas urbes de Sodoma y Gomorra hasta la lejana Jericó, en busca del rastro del alquimista y de una verdad que podría sacudir los cimientos del mundo.

 

En Sodoma, capital de las cinco ciudades que conforman la opulenta Pentápolis, se entrevistan con el ujier de la metrópoli y conocen al Taematurgo, personaje oscuro de sabiduría arcana y naturaleza eterna, con el poder ancestral de los Primeros Venidos. Acuciados por un Mal que se respira en el ambiente, los dos protagonistas, y algunos más que se les unen en las vicisitudes del camino, recorren las tierras de Canaán siempre tras la pista de Agrid Saladân, el cultista cuya ciencia transgredió los preceptos del Levítico y el orden impuesto por el Deuteronomio. Así, dejan atrás la exótica y sensual Sodoma para adentrarse en territorios míticos, como la megalítica ciudad de Soar, el abrasador desierto de Arabia, el sobrenatural bosque de las ninfas de Kir-Moab, el valle maldito de Z'aa Maljut, Jericó, la ciudad encantada de Numeria y las montañas de Ajántum, morada del Hombre Sin Rostro.

 

Por si esto fuera poco, las riquezas de la Pentápolis despiertan la codicia de los pueblos vecinos, pese a que en sus casi mil años de existencia ningún enemigo ha logrado traspasar sus murallas. Sin embargo, esta situación puede estar a punto de cambiar: un enorme ejército procedente de Babilonia y comandado por Ur-Nungal, hijo del legendario rey Gilgamesh, está invadiendo y anexionando amplios territorios; cientos de miles de hombres procedentes de pueblos conquistados se suman al imparable ejercito invasor, engrosando las ya de por sí numerosas filas de sumerios, hititas, asirios, acadios, elamitas, cananeos… El tiempo de la guerra y el caos se aproxima.

 

 

«Heredero de la alquimia» supone un apreciable cambio de estilo en la narrativa de David Mateo, un registro más adulto que su exitosa trilogía de «La Tierra del Dragón» y donde el exotismo al que estamos acostumbrados los aficionados a la fantasía no proviene tanto del sentido de la maravilla correspondiente a geografías maravillosas e inexistentes como de la recreación de una emocionante antigüedad oriental salpicada de detalles de Historia bíblica, tamizada, eso sí, por la imaginación desbordante del autor valenciano.

 

Argumentalmente la novela se plantea como una ucronía o historia alternativa, opción obligatoria para intentar encajar los descuadres históricos de la trama y que el esforzado prólogo intenta por todos los medios justificar. Así, por ejemplo, el imperio sumerio no sucumbió a las sucesivas oleadas de invasiones semitas y acabó fraccionado en un puñado de ciudades estado sino que el hijo de Gilgamesh –como ya hiciera éste- consiguió reunificar de nuevo bajo su mandato a todos los pueblos del Éufrates; por otra parte, la Pentápolis es presentada como un pequeño y próspero imperio situado entre el desierto de Arabia y las ciudades cananeas, que ha resistido durante un milenio las acometidas expansionistas de los pueblos de su entorno. Cambios estos, y otros más sutiles, que el autor reconoce y fundamenta atendiendo a necesidades narrativas.

 

Mateo imprime un estilo más comedido y menos dado al histrionismo que caracteriza a la épica fantástica -que era, precisamente, una de las críticas más señaladas de su trilogía anterior-, aunque no prescinde de ocasionales concesiones al preciosismo. Es ésta una novela muy sólida, ambientada en un espacio y una época ciertamente originales, pero con episodios quizá demasiado densos al principio y un tanto melodramáticos y pirotécnicos en el desenlace, que ocupan en conjunto una longitud a mi juicio demasiado extensa; descargar a esta voluminosa novela, de casi 300.000 palabras y 650 páginas de apretada letra, de algunos pasajes no demasiado relevantes podría haber ayudado a mejorar otros aspectos menos conseguidos de la misma.

 

En cualquier caso, se trata de una novela apta para todo tipo de público que desee disfrutar de un buen libro de aventuras, con ricas descripciones de paisaje, una vívida ambientación colorista y multicultural, una trama emocionante, mucha acción, sexo, un lenguaje elaborado y, sobre todo, personajes protagonistas y secundarios magníficamente retratados, que actúan y se adaptan a los acontecimientos en función de las necesidades cambiantes.

 

Neferet es, sin duda, un personaje fascinante. Su provocativa belleza la hace acreedora de protagonizar las escenas más tórridas del libro, pero sin duda son su afiliada inteligencia, su amplia experiencia como sunu, su férrea voluntad y rígidos valores éticos los que la permiten asumir una posición de poder casi irreverente y en pie de igualdad con los regentes de un periodo histórico particularmente reacio a la emancipación femenina. Guarda para sí abundantes secretos y se resiste a compartir sus conocimientos médicos y sobre fe cultista con su discípulo por razones que sólo avanzada la novela llegaremos a conocer. Es, además, un alma atormentada por la enfermedad, la soledad autoinfligida y el estigma de un doloroso pasado del que no puede escapar; un personaje tridimensional con fortalezas y debilidades, escindida entre una visión pragmática de la vida y otra espiritual consecuencia del culto levítico que profesa. Por su parte, Akbeth apenas lleva unos ciclos al servicio de su maestra, a quien debe obediencia y gratitud por haberle rescatado de las calles. Es un muchacho inocente y sincero, pero que igualmente oculta un terrible secreto relacionado con su pasado que podría jugar un papel estelar en el futuro.

 

«Heredero de la alquimia» no es una obra perfecta. La novela deslumbra por su épica, su ambición, su originalidad, su argumento imaginativo y emocionante, la humanidad de sus personajes, incluso su tono solemne y lenguaje elevado durante la mayor parte de su primer tercio, aunque no tanto por los errores de documentación, los anacronismos (en el hecho de utilizar indiscriminadamente un lenguaje pretendidamente culto en una época donde la educación era patrimonio de elegidos, en emplear un pensamiento moderno en una antigüedad que nada sabía sobre “anarquía”, “grial” o “esquemas sinápticos”), las concesiones al lector de género (especialmente en el tratamiento de criaturas elementales), los vocablos usados fuera de contexto, las erratas y hasta las faltas de ortografía. Hay quienes son capaces de tolerar esas fallas -que no tienen por qué enturbiar el desarrollo de la trama- y disfrutar consecuentemente de la narración, y quienes no. Por esa razón creo que el autor gusta tanto a unos lectores y defrauda a otros, y no me avergüenza admitir que pertenezco al primer grupo.

 

Un talento natural, una inventiva tan arrolladora como la de David Mateo clama a gritos por un corrector de estilo que sepa aflorar toda su potencialidad de brillante en bruto. Pero, pese a las fallas -evidentes y subsanables-, considero que «Heredero de la alquimia» es una novela notable y altamente recomendable, de lo mejor que ha dado la literatura fantástica española el pasado año.

 

Aunque en el libro finalizan la mayoría de tramas, todo queda dispuesto para una segunda y definitiva entrega que dé solución a la inminente invasión del ejercito babilonio a la Pentápolis, que aclare el destino sufrido por el Hombre Sin Rostro y la Torá original, que arroje luz sobre los presagios que indican que la batalla entre Elohím y Luzbel aún no ha concluido y los Primeros Venidos se preparan para regresar al mundo y desatar la más terrible de las batallas. Una segunda parte, espero, tan espléndida como la primera pero sin sus fallas.

 

 

Volver a Literatura Fantástica

eXTReMe Tracker ¡CSS Válido! Valid HTML 4.01 Transitional Icono de conformidad con el Nivel Doble-A, de las Directrices de Accesibilidad para el Contenido Web 1.0 del W3C-WAI Acceso a la Web de la editorial