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Libros publicados en 2006

El camino del acero

El camino del acero

Comentario:

 

Carlos Alonso es un muchacho aquejado de una enfermedad terminal. Tumbado en la cama del hospital, asume lentamente su situación mientras intenta distraerse leyendo biografías de la antigüedad y novelas de fantasía, soñando con otros mundos. En el instante del fatal desenlace, se ve sorpresivamente trasladado al cuerpo de un poderoso guerrero de Durba, un universo alterno de carácter feudal y claras reminiscencias con la antigua Grecia. Ahora es Dargor Atur, ornai (señor de los ejércitos) de Sarlia, la provincia más poderosa del continente durbano. ¿Una compleja alucinación producto de su mente febril? ¿Un viaje esotérico? ¿Reencarnación? ¿El más allá? Mientras intenta encontrar un sentido a su nueva condición, su mente racional procura ganar todo el tiempo posible para adaptarse al lugar y sus gentes.

 

Amparándose en el aturdimiento causado por un brutal golpe recibido (que, a la postre, provocó su traslado a este lado del universo), su cuerpo se esfuerza por recordar lo que el cambio de personalidad anuló: su habilidad para la lucha, su capacidad para la política y la estrategia militar, sus fuertes convicciones morales... Acosado por intrigas palaciegas, será sin embargo un revés emocional el que definitivamente le empuje a marchar al norte para combatir una invasión por parte de los inhumanos alais. Así comienzan las andanzas de Dargor, un camino de aprendizaje y superación que lo condenan a deambular por todo el país superando infinitas pruebas, con un único propósito en mente: regresar a Sarlia y derrocar el régimen de terror erigido en torno al extraño culto al Vigilante.

 

«El camino del acero» nos introduce en el mundo paralelo de Durba, un continente formado por una docena de beligerantes ciudades-estado con un largo historial de guerras intestinas. El sistema elegido para ello parte del mismo presupuesto que clásicos como «Un yanqui en la corte del rey Arturo», «Una princesa de Marte» o la reciente saga del «Caballero Mago» de Gene Wolfe, por citar algunos ejemplos: un golpe fortuito, el delirio provocado por la enfermedad, la proximidad a la muerte... elementos que ocasionan “por arte de magia” el traslado a un lugar, época o circunstancia singular.

 

Durba se revela, pues, como una tierra bárbara y extremadamente violenta, llena de contrastes y criaturas fabulosas, donde imperan las leyes de la fuerza y el acero, la supremacía del derecho natural frente a cualquier atisbo de “hipocresía social”. Alonso/Dargor pasará de la renuencia inicial a la fascinación y el acatamiento de sus reglas como única forma factible de supervivencia, y el posterior convencimiento e, incluso, exaltación como vía de aflorar lo mejor y peor de cada individuo. Es precisamente en ese territorio implacable donde conceptos como honor, gloria, orgullo, valor, lealtad, disciplina o patriotismo adquieren su sentido más noble, puro y eterno. Pero, para llegar a ese punto, era preciso la catarsis del personaje: tocar fondo, enfrentarse a su pasado, limitaciones y miedos, y resurgir reforzado con lo mejor de ambos mundos: honradez y juicio de su otra vida, firmeza física y moral de Durba.

 

Este superhombre, de inspiración claramente nietzschiana, halla siempre la fortaleza necesaria para recuperar reiteradamente su libertad personal y la de su pueblo; es el triunfo de los más altos ideales frente a la debilidad y el caos. De hecho, llevado al terreno argumental, el recurso de mostrar diferentes partes del país empleando la sistemática de ser capturado, trasladado sin sentido a una nueva ciudad y realizar diversas proezas inéditas para ganar la libertad, para ser de nuevo capturado y vuelta a empezar, se torna demasiado repetitivo y cansino. Así hasta que la fortuna le brinde la oportunidad de regresar a su amada Sarlia y triunfar sobre sus enemigos o entregar la vida en el intento, alcanzar poder y fama imperecedera o el olvido, pues no hay otro camino para el auténtico adalid.

 

Esta novela supone la tercera incursión en la fantasía épica de Andrés Díaz, tras «Los guerreros sin rostro» y «La maza sagrada». Un escritor muy influenciado por autores como Robert E. Howard, Edgar Rice Burroughs ó Henry Ride Haggard, aunque en este caso el homenaje a Mark Twain resulte patente. En «El Camino del Acero», Díaz muestra un estilo más depurado, que sorprende por la madurez de su discurso filosófico y vital, así como por la originalidad de algunas de sus propuestas (1), especialmente tratándose de una obra épica. Porque el autor reviste la trama (evidentemente lúdica) de elementos, argumentos e ideas que obligan en cierta manera a replantearnos nuestra visión dogmática y políticamente correcta del mundo. A pensar que, quizás, algunos de los valores denostados del pasado puedan seguir teniendo validez en nuestros días (2).

 

Pese a ello, su grandeza como autor reside claramente en su talento para la épica (especialmente en las vibrantes descripciones de batalla, aunque también en el sentido del honor) y no tanto en su capacidad como narrador o estilista. El largo preámbulo inicial, de casi un tercio del libro empleado en presentar el nuevo mundo y las impresiones del protagonista, es un claro ejemplo de falta de equilibrio con repercusiones en el ritmo. Por otra parte, su alabada facultad mimética de la vida, costumbres y organización sociopolítica de la antigua Grecia no me parece tan destacable pues, en definitiva, se limita a tomar diversos elementos de inspiración helénica para enriquecer el universo propio; igualmente, decepciona la monótona estructura narrativa (narrador en primera persona, en presente, sin diferentes cursos de acción), la simpleza de la estrategia militar y el histrionismo del desenlace. Sin embargo, Díaz sabe sobreponerse a sus limitaciones y explotar con buen tino sus fortalezas, especialmente la evolución psicológica del protagonista, el empleo de estereotipos, la calidad de sus afilados diálogos, la fuerza de su prosa y el tono general de sobriedad que preside la narración. Todo ello conforma una obra notable aunque mejorable, un volumen perfectamente editado por la joven pero voluntariosa editorial Ábaco que, pese a todo, hubiera agradecido el formato cartoné.

 

 

(1) Por ejemplo, el extraño ejercicio de solipsismo que encierra el misterio sobre la Roca del Vigilante o la osadía de algunas escenas sentimentales.

(2) Valores como los citados honor, valor, lealtad o disciplina. Si bien en Durba las circunstancias extremas dictan leyes basadas en el bien común y la autoridad del más fuerte (para evitar que la supervivencia general pueda peligrar por el “capricho” del individuo, con lo que el libre albedrío y la libertad personal quedan severamente dañadas), no es menos cierto que el protagonista descubre la fuerza de la vida en la violencia de la guerra, en su constante lucha por la supervivencia, en los ojos de una mujer enamorada. Las sensaciones no pasan por el tamiz de la auto-censura, por lo que se muestran más intensas y, acaso, naturales.

 

Valoración: Notable

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