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Libros publicados en 2011

La ciudad enmascarada

Un texto intimista y sincero en el que se aprecia cuánto de observador de la realidad cotidiana tiene el autor, al tiempo que reivindica el ingrato oficio de profesor y proclama su desencanto frente a la siempre veleidosa literatura. Un texto que, sin llegar a ser autobiográfico, parece desnudar el alma del escritor gaditano.

 

La ciudad de Cádiz adopta un rol protagonista, casi de ente vivo. Marín realiza un recorrido sentimental por sus calles, gentes y fiestas con un nivel de detalle e implicación emocional como solo un gaditano podría conseguir, elevando lo local al estatus de universal.

La ciudad enmascarada

Rafael Marín es uno de los mejores escritores de literatura fantástica y ciencia ficción de España, además de un excelente cultivador de narrativa costumbrista. Junto a César Mallorquí, Elia Barceló, Juan Miguel Aguilera, Javier Negrete, Rodolfo Martínez, Eduardo Vaquerizo y algunos otros, constituye uno de los máximos exponentes de la “generación de los 90”, cuyo empuje se ha traducido en la actual normalización que vive el género fantástico y, especialmente, la ciencia ficción española en nuestro país. Es autor de las novelas «Lágrimas de luz» (1984), considerada como una de las mejores novelas de ciencia ficción española de todos los tiempos, «La leyenda del navegante» (1992), «Mundo de dioses» (1998, extensión de la novela corta homónima que ganó el premio UPC), «Elemental, querido Chaplin» (2005) y «Juglar» (2006, finalista del premio Minotauro), y las antologías «Unicornios sin cabeza» (1987), «Ozymandias» (1996) y «Piel de Fantasma» (2010), recopilación definitiva que contiene cuentos de madurez y una muy elevada calidad literaria. Traductor y ensayista sobre el mundo del cómic, ha recibido numerosos galardones y reconocimientos, entre los que destacan varios premios Ignotus, el UPC y el Pablo Rido.

 

En esta su última novela dirige la mirada hacia su Cádiz natal, protagonista de varios de sus cuentos fantásticos y algunas obras realistas. Un texto intimista y sincero en el que se aprecia cuánto de observador de la realidad cotidiana tiene el autor, al tiempo que reivindica el ingrato oficio de profesor y proclama su desencanto frente a la siempre veleidosa literatura. Un texto que, sin llegar a ser autobiográfico, parece desnudar el alma del escritor gaditano.

 

La historia se centra en Gabriel Amador, un profesor de literatura medieval de 48 años al que le es diagnosticado una enfermedad coronaria por la que debe abandonar su trabajo y comenzar una nueva vida de tranquilidad sin sobresaltos, pastillas y paseos. Un hombre triste y solitario que recorre a diario las calles por prescripción médica, soportando la pesada losa de la soledad desde que su mujer le abandonara para iniciar una carrera como artista gráfica en Madrid. Una noche, un mendigo árabe le entrega un curioso objeto: el ojo de nácar de una muñeca antigua, para después perderse por las angostas callejuelas de la ciudad y, a continuación, suicidarse arrojándose al malecón y pegándose al tiempo un tiro a bocajarro. Un extraño proceder que levanta las sospechas de su amigo Mario Otalora, amante de los misterios y antiguo compañero de aspiraciones poético-literarias.

 

A partir de ese día, Amador comienza a padecer extrañas pesadillas en las que cree vislumbrar las ruinas de lo que se antoja una antigua civilización sumergida, y a escuchar una siniestra letanía que rinde culto a monstruosos dioses primordiales. Además, por más que intenta deshacerse del ojo de nácar, éste retorna a él una y otra vez, como una maldición. La intranquilidad y falta de descanso dan paso al miedo, y éste a la enfermedad; presa del delirio febril, completa páginas enteras de su cuaderno de poemas con anotaciones escritas en un alfabeto desconocido. Y mientras todo esto ocurre, la ciudad de Cádiz se engalana para recibir un año más al Carnaval, momento en el que algunos de sus habitantes aprovechan para despojarse de su máscara y revelar su auténtico rostro.

 

Leer a Marín es siempre una experiencia particularmente enriquecedora. Más allá de la peripecia argumental –una insólita novela fantástica y de terror ambientada en la ciudad de Cádiz-, importa mucho el tono del discurso –entre nostálgico y de derrota- y la trascendencia para personajes y lector del hecho narrado. Insertas en el texto aparecen abundantes reflexiones vitales, presentadas en un envoltorio sencillo de frases cotidianas pero con la rotundidad que otorga la amarga experiencia. En cada página, el gaditano se las ingenia para sorprender introduciendo un nuevo detalle, un giro inesperado en la trama, un enfoque diferente o un nuevo personaje y/o relación entre ellos.

 

Pronto se establece una intensa empatía con el desahuciado protagonista, quien ha perdido lo que más amaba en el mundo –su trabajo, su salud, su mujer, su amor por la literatura, su lugar en la vida- y es presa de la aflicción y los bruscos cambios de humor, maldiciendo ahora sí y ahora también las mezquindades del sistema educativo, las contradicciones y desengaños de la vida, su falta de amor y su completa soledad. Aunque, más bien, lo que siente es miedo de la vida tras haber estado a un paso de la muerte, miedo a comprometerse y volver a ser feliz. Un registro de marcado pesimismo pese a la fina ironía con que el autor pretende romper el ritmo apesadumbrado de los acontecimientos, y que cuenta con notables ecos poéticos y multitud de referencias al teatro, cómic, cine, literatura e Historia, rasgos que siempre han acompañado su estilo y que poco a poco han ido adueñándose (para bien) de su narrativa. Esta novela aprovecha además ideas de obras anteriores, y rinde homenaje a uno de sus autores predilectos; es, en palabras del propio Marín durante la presentación del libro en la pasada Semana Negra de Gijón, “la historia que hubiese querido escribir con 18 años pero que no culminó hasta cumplir los 50”.

 

Pese al discurso dominante del protagonista, nos encontramos ante una novela coral en la que diferentes personajes entrecruzan sus vidas para configurar una historia común que tiene a Cádiz, no lo olvidemos, como omnipresente eje vertebrador. Además de Gabriel Amador, aparecen otros personajes de profunda idiosincrasia gaditanas, como el citado Mario Otalora, un hombre sin oficio conocido y que vive a salto de mata; simpático, perspicaz y conocedor de todos los chanchullos de la política y la sociedad local. O Aurora Rojas, una artista en decadencia de la que se siente perdidamente enamorado Mario, aunque ella prefiera beber los vientos por José Ángel Chade, responsable del Museo Arqueológico y dueño de una mente retorcida que excita el corazón salvaje de Aurora. Completan el cuadro Beatriz, ex mujer de Gabriel, Blanca de la Pascua, antigua alumna suya y ahora compañera de profesión, y algún secundario más que es preferible no mencionar para evitar desvelar demasiados detalles acerca de la trama. Cada personaje cuenta con voz y espacio propios pero todos están unidos por un pasado común que irá resurgiendo a medida que avanza el relato, un nexo que se revelará mucho más oscuro de lo que pudiera parecer en un primer momento.

 

Cádiz, ya lo hemos dicho, adopta un rol protagonista, casi de ente vivo, una ciudad bañada por el mar y una luz muy especial (no en vano se la conoce como la “tacita de plata”) no exenta de sombras, que se prepara para la “explosión de júbilo controlado” que es el carnaval. Marín realiza un recorrido sentimental por sus calles, gentes y fiestas (1), con un nivel de detalle e implicación emocional como solo un gaditano podría conseguir, exaltando sus virtudes sin ocultar sus defectos, amando y odiando a partes iguales lo que esta ciudad representa, y elevando a la postre, como el genial Borges, lo local al estatus de universal.

 

«La ciudad enmascarada» es una novela de ritmo moroso que se disfruta despacio, saboreando cada reflexión y lección de vida. Un libro presidido por la perfección formal, jalonado de capítulos breves, metáforas inteligentes, con espacio para la experimentación formal (por ejemplo, una frase que ocupa dos páginas) y que exige al lector cierto grado de complicidad. Solo se echa en falta una más atractiva composición de textos, del estilo de «Noches de sal», y un desenlace más verosímil y menos deudor de homenajes a H.P. Lovecraft. Los próximos libros del escritor gaditano serán un regreso al Cádiz pícaro y policíaco, con las nuevas aventuras del boxeador-detective Torre.

 

 

(1) “El Cádiz de la guasa y la carencia, del chiste zafio y el piropo florido, donde cada acto es anécdota y cada día un recuerdo redivivo de la historia”.

 

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