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Libros publicados en 2013

Kraken

En esta novela el escritor británico regresa en cierta forma al New Weird de sus orígenes que muchos anhelábamos, con una trama oscura a medio camino entre la fantasía urbana y el thriller sobrenatural.

 

Miéville abandona su habitual estilo elegante para abrazar un discurso más coloquial y callejero, repleto de abundante jerga y argot “cocknie”. El autor se esfuerza, además, por dibujar un universo esotérico al completo donde moran un sinfín de fuerzas ocultas en precario equilibrio, un tremendo alarde de imaginación que se ve obligado a explicitar a cada paso en forma de constantes digresiones que a la postre terminan por provocar un ritmo sincopado en la narración. Una obra un tanto fallida aunque muy recomendable para el lector ávido de nuevas experiencias, que retrata un submundo clandestino dominado por el hampa y la magia ancestral, en donde confluyen religiones y crimen organizado

Kraken

China Miéville es un reputado escritor británico cuyo enorme talento hemos podido disfrutar en obras como «La estación de la calle Perdido», «La cicatriz», «La ciudad y la ciudad», «El consejo de hierro», «El rey rata» ó «Embassytown», todas publicadas en España por La Factoría de Ideas excepto la última a cargo de Fantascy. Con la publicación de la presente novela, solo restan inéditas en nuestro país las juveniles «Un Lun Dun» (2007, premio Locus) y «Railsea» (2012), además del muy recomendable libro de relatos «Looking for Jake» (2005) y un puñado de cuentos dispersos en varias antologías y otros medios.

 

Autor de arraigadas convicciones sociales e interés manifiesto por la política, Miéville ha sido galardonado en multitud de premios internacionales. Radical, heterodoxo y dueño de una prosa muy rica, su estilo se caracteriza por una peculiar amalgama de influencias tan dispares como la novela de aventuras, la ciencia ficción, la fantasía, el terror, el surrealismo, la tradición oral de narrar historias y su indudable origen británico (londinense, por supuesto), que le sirven para conformar universos singulares y terriblemente atractivos, similares al nuestro aunque con algunas leyes naturales alteradas en aras de un mayor sentido de la maravilla.

 

«Kraken» es una de sus novelas más recientes, una obra ambiciosa y harto compleja cuya traducción no ha sido empresa fácil para Beatriz Ruiz Jara debido a la gran proliferación de neologismos para definir conceptos innovadores, la obligatoria adaptación de vocablos a la realidad descrita y el particular lenguaje coloquial empleado por el autor. Nos encontramos ante un libro físicamente muy manejable, con una buena calidad de papel y una atractiva portada, pero con una maquetación interior incómoda por el reducido tamaño de letra, el empleo de márgenes mínimos y la eliminación de páginas en blanco de respiro al inicio y final del volumen; incluso se ha suprimido la habitual sección dedicada a la bibliografía del autor. Un formato que no facilita la lectura aunque, ciertamente, favorece la contención de precios y cuenta con sus partidarios y detractores.

 

En esta novela el escritor británico regresa en cierta forma al New Weird de sus orígenes que muchos anhelábamos, con una trama oscura a medio camino entre la fantasía urbana y el thriller sobrenatural. La historia se inicia con la desaparición de un espécimen de Architeuthis dux, un calamar gigante en perfecto estado de conservación que se volatiliza de la sala principal de exposiciones del centro Darwin anexo al Museo de Historia Natural. Billy Harrow, el conservador encargado de su preservación, es testigo privilegiado de este hecho inverosímil, el primer paso de un salto sin red que le empujará a descubrir un Londres oculto de creencias milenaristas, magia surrealista, apóstatas y asesinos. Todos buscan a Billy porque la criatura que ha estado custodiando podría ser algo más que una rareza biológica: hay quien piensa que se trata de un dios, de un dios que algunos esperan inicie el Apocalipsis y que lo ha elegido por alguna extraña razón.

 

En «Kraken», Miéville abandona su habitual estilo elegante para abrazar un discurso más coloquial y callejero, repleto de abundante jerga y argot “cocknie” apreciable sobre todo en los diálogos de determinados personajes (la lenguaraz agente Collingswood, el humor negro de Goss y Subby). La novela transcurre, una vez más, en el Londres natal del autor y revela la gran atracción que éste parece sentir hacia los krakens, filia compartida con buena parte de sus lectores.

 

Miéville se esfuerza, además, por dibujar un universo esotérico al completo donde moran un sinfín de fuerzas ocultas en precario equilibrio, un tremendo alarde de imaginación que se ve obligado a explicitar a cada paso en forma de constantes digresiones que a la postre terminan por provocar un ritmo sincopado en la narración. Rota la fluidez narrativa, y con un sentido de la maravilla activado únicamente de forma intermitente, la suspensión de la credulidad es el siguiente eslabón en caer debido al carácter forzado y melodramático de las tesis conspiranoico-apocalípticas enunciadas. La acumulación de elementos grotescos, creencias descabelladas, argumentos denodadamente absurdos, imágenes oníricas y guiños freaks echan por tierra la posible verosimilitud de la trama, pero qué duda cabe de que nos hacen pasar un muy buen rato.

 

Ciertamente, la idea de Londres como una entidad metropolitana gestáltica, de un submundo clandestino dominado por el hampa y la magia ancestral, con sus magos, taumaturgos, profetas, oráculos, brujas, hechiceros, nigromantes, piromantes, gánsteres, objetos de poder, familiares (asistentes mágicos) e innumerables sectas adoradoras de cultos estrafalarios, resulta terriblemente atractiva. Un punto de confluencia para religiones y crimen organizado, con una topología oculta –concepto ya explotado en «La ciudad y la ciudad»- en donde se dan cita congregaciones como la Iglesia del Dios Kraken, la Comunión del Santo Diluvio, nazis del caos, budistas de Jesús, arreadores de monstruos, calamares gigantes, dioses de la guerra, ardillas espía, piquetes de gatos, pájaros e insectos, y hasta una singular brigada de policía (la UDFS o Unidad para la Delincuencia Fundamentalista y Sectaria, liderada por el inspector jefe Mulholland, un claro guiño a David Lynch) cuyo trabajo les obliga a lidiar con las leyes de la física menos convencional.

 

En el relato también convergen facciones y personajes de lo más pintoresco y weird, desde un excomulgado de la iglesia theútica a un espíritu rebelde reconvertido en revolucionario sindicalista que tiene por costumbre corporeizarse en un muñeco del capitán Kirk, pasando por una bruja policía, un hombre-sintonizador de radio, un criminarca que habita en la espalda tatuada de uno de sus acólitos, mnemophylax o ángeles de la memoria, viejos punks, y sicarios como Goss y Subby, que terminan incluso por caer simpáticos. Igualmente, hacen su aparición todo tipo de disciplinas esotéricas, como el intraplegado (embutir cosas grandes en sitios pequeños), pesomancia (adivinar el peso de objetos desaparecidos), la planurgia (introducir objetos en planos diferentes al real), teleportación, Londromancia (oráculos de Londres), videncia a distancia, rastreo nocturno…

 

Toda esta abigarrada acumulación de excesos provoca cansancio por saturación, aún más si cabe al tratarse de un texto largo repleto de descripciones, matizaciones, acotaciones, pequeños cambios y constantes revueltas. La trama avanza porque existe un demiurgo empeñado en espolearla continuamente, a falta de una lógica o coherencia interna capaz de llevar a término una amalgama de escenas heterogéneas en donde Miéville, me temo, falla como el fabulador brillante de anteriores ocasiones. Como si fuera escribiendo sobre la marcha de aquello que le apeteciera, sin un plan definido.

 

«Kraken» es una novela singular ante la cual el lector no puede permanecer indiferente. Una obra un tanto fallida aunque muy potente visualmente, repleta de imaginación y con algunos grandes logros en el terreno del lenguaje. Un divertimento caprichoso y provocador cimentado en la hibridación de géneros, que satisfará a los muchos incondicionales del autor pero en donde resulta difícil dejarse atrapar. Con todo, un libro muy recomendable para el lector ávido de nuevas experiencias, en las antípodas de los libros de fórmula que abarrotan las estanterías de las librerías.

 

 

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